SACERDOCIO

 


El sacerdote ministro es signo de Cristo Buen Pastor porque participa de modo especial en su ser, prolonga su obrar y sintoniza con sus vivencias. Esta realidad está encuadrada en una geografía y en una historia, aquí y ahora, también en una Iglesia entre dos milenios que comparte gozos y esperanzas de un mundo que cambia

 

Espiritualidad e identidad sacerdotal

Ser sacerdote hoy

El sacramento del orden

Sentido del sacramento del orden

Grados del sacerdocio

La celebración del sacramento del orden

       

Espiritualidad e identidad sacerdotal

La espiritualidad es un camino y una “vida según el Espíritu” (Rom. 8, 4.9). Cristo vivió y actuó siempre “movido por el Espíritu” (Lc. 4, 1.14); por esto se presentó en Nazaret como “consagrado” y enviado” por el Espíritu para “evangelizar a los pobres” (Lc. 4,18).

El sacerdote ministro es signo de Cristo Buen Pastor porque participa de modo especial en su ser, prolonga su obrar y sintoniza con sus vivencias. Esta realidad está encuadrada en una geografía y en una historia, aquí y ahora, también en una Iglesia entre dos milenios que comparte gozos y esperanzas de un mundo que cambia.

La espiritualidad sacerdotal es sintonía con las actitudes y vivencias de Cristo Sacerdote. Buen Pastor. Por el sacramento del orden, se participa del ser sacerdotal de Cristo. Esta participación ontológica capacita para prolongar la acción sacerdotal del Buen Pastor. La sintonía con la caridad pastoral de Cristo es una consecuencia de la participación en su ser y en su función.

La gracia recibida en el sacramento del orden hace posible cumplir con esta exigencia. “imitad lo que hacéis” (rito de ordenación). Esta es la espiritualidad específica del sacerdote; para el sacerdote diocesano secular se concretará en las gracias de pertenencia permanente a una Iglesia local, en relación de dependencia respecto al carisma santificador de un sucesor de los Apóstoles y formando parte de un Presbiterio también para su vida espiritual.

Ser sacerdote hoy

La identidad sacerdotal está en la línea de sentirse amado y capacitado para amar. Esta identidad se reencuentra cuando se quiere vivir el sacerdocio en todas sus perspectivas o dimensiones.

Consagración o dimensión sagrada: el sacerdote en su ser, en su obrar y en su vivencia, pertenece totalmente a Cristo y participa en su unción y misión.
Misión o dimensión apostólica: el sacerdote ejerce una misión recibida de Cristo para servir incondicionalmente a los hermanos.

Comunión o dimensión eclesial: el sacerdote ha sido enviado a servir a la comunidad eclesial construyéndola según el amor.

Espiritualidad o dimensión ascético-mística: el sacerdote está llamado a vivir en sintonía con los amores de Cristo y a ser signo personal suyo como Buen Pastor.

El sacerdote está llamado, hoy más que nunca a ser:

Signo del Buen Pastor en la Iglesia y en el mundo, participando de su ser sacerdotal

Prolongación del actual del Buen Pastor, obrando en su nombre en el anuncio del evangelio, en la celebración de los signos salvíficos (especialmente la Eucaristía) y en los servicios de caridad.

Transparencia de las actitudes y virtudes del Buen Pastor, presente en la Iglesia “comunión” y “misión”.

En una palabra, ser signo transparente de Cristo Buen Pastor y de su Evangelio, para un mundo que necesita testigos y que pide experiencias y coherencias.

El sacramento del orden

San Pablo dice a su discípulo Timoteo: “Te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti por la imposición de mis manos” (2 Tm 1,6), “y si alguno aspira al cargo de obispo, desea una noble función” (1 Tm 3,1).

A Tito decía: “El motivo de haberte dejado en Creta, fue para que acabaras de organizar lo que faltaba y establecieras presbíteros en cada ciudad, como yo te ordené” ( Tt 1,5)

EL HECHO DEL SACRAMENTO DEL ORDEN

La palabra “Ordinatio” = ordenación, se utilizaba en el Imperio romano para designar la entrada en el escalafón de los funcionarios imperiales. A partir de este momento el funcionario pertenecía a un orden diferente del resto del pueblo.

A partir del siglo tercero se comenzó a utilizar en algunos lugares esta expresión para designar una dignidad o estado en la Iglesia. Esta denominación se extendería a toda la Iglesia con el paso del tiempo, dando nombre al sacramento por el que son constituidos obispos, presbíteros y diáconos ciertos cristianos.

Una referencia válida que explica la existencia de unos ministerios ordenados concretos dentro de la comunidad cristiana, la encontramos en Mc 3, 13-19. En este texto Jesús elige de forma solemne, “designó” a Doce de entre sus discípulos para que “fueran sus compañeros y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios”.

Así se crea, se constituye el grupo de los Doce, decisivo en el cristianismo. Esto resulta tan evidente que, con el fin de suplantar a Judas y restituir el número, se incorpora Matías como sustituto. (Hch 1,15-26)

Las denominaciones varían ampliamente según las diversas comunidades, por lo que podemos encontrar apóstoles, profetas, doctores ( 1Cor 12,28; Ef 2,20; 3,5; 4,11), presbíteros (Hch 11,30; 14,22); diáconos ( 1 Tim 3,8-13; Flp 1,1), pastores (Ef 4,11; 1 Pe 5, 2-4) etc.

Todos estos términos no designan una misma función, pero podríamos afirmar que, de diferentes maneras, todas ellas tienen una orientación hacia la predicación del Evangelio y la edificación y santificación de la Iglesia.

La comunidad cristiana, en su liturgia, ve al sacerdocio y los sacerdotes del Antiguo Testamento como prefiguraciones que encuentran su cumplimiento en Cristo Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, que incorpora a su Único sacerdocio a los Apóstoles y sus sucesores sacerdotes.

Durante los siglos II y III se va a dar una consolidación de nombre y contenidos del ministerio apostólico bajo las denominaciones de diácono, presbítero y obispo, configurándose como ministerio de santificación, gobierno y enseñanza en la comunidad cristiana.

Esta situación se verá perturbada en los siglos venideros debido al cambio de situación que se opera en el Imperio: La Iglesia de ser perseguida, pasa a ser religión oficial y sus ministros devienen personajes importantes cuya responsabilidad y autoridad comienza a desbordar los límites eclesiales.

La Reforma protestante va a arremeter contra esta situación, afirmando que no hay más sacerdote que Cristo, quedando todo cristiano constituido sacerdote por la fe y el bautismo. Lutero declara que por ello no podía considerarse el Orden como sacramento y sólo reconoce como ministerio el de la predicación.

El Concilio de Trento 1545, por el contrario, reafirma y declara que el Sacramento del Orden es un sacramento instituido por Cristo, que comunica poder y gracia y no puede entenderse sólo con relación al ministerio de predicar el Evangelio.


Sentido del sacramento del orden

El Concilio Vaticano II afirma la común dignidad y la igualdad fundamental de todos los miembros del Pueblo de Dios, junto con la existencia de diferentes servicios y ministerios para el bien común de todos los bautizados. ( Cfr. LG 9, 10, 18).

“Entre estos servicios y ministerios existe uno llamado ministerio ordenado, que no se sitúa aparte ni por encima del Pueblo de Dios, sino dentro y al frente de él. Quienes lo reciben en el Sacramento del Orden, participan de la autoridad y misión de Cristo Sacerdote, Cabeza y Pastor de la Iglesia, para que puedan servir a todo el Pueblo de Dios”. (LG 18)

Notas que caracterizan el ministerio ordenado.

El Sacramento del Orden es una incorporación al ministerio apostólico, por lo que su misión entra en relación con la misión de Cristo y los Apóstoles tanto en los tipos de actividad que desarrolla como en la apostolicidad del marco geográfico al que está dirigido.

Los cristianos que reciben el sacramento del Orden quedan configurados para siempre a Cristo Cabeza, Pastor y Servidor de su Iglesia, con el fin de enseñar, santificar, guiar y servir, en nombre suyo, al Pueblo de Dios, cada uno según el grado del orden recibido.

El Espíritu Santo es el agente principal de la ordenación, siendo la fuente de donde brota el carisma ministerial de enseñanza, santificación y dirección. Mediante el gesto de la imposición de manos se significa que los ministros ejercen su misión en el Espíritu de Jesús.

Dios suscita los ministerios en la comunidad y para la comunidad ( 1 Cor 12,7: 14, 3-12; Ef 4,12): Por eso, desde el Nuevo Testamento los ministerios no se conciben sin la comunidad.

El ministerio a lo largo de todo el Nuevo Testamento se concibe como un servicio. Tomando como punto de apoyo (Mt 20, 20-28), la Iglesia apostólica y los Padres de la Iglesia hablan de los responsables y sus funciones utilizando el término “diakonía”. Esta palabra significa servir a la mesa, acción que era desarrollada habitualmente por los esclavos. La acción diaconal de los ministros se concreta en el servicio a la palabra, en el servicio de la unidad y en el servicio a las mesas o caridad.

El ministerio ordenado es colegial, es decir, que por el sacramento del Orden quien lo recibe para formar parte de un colegio que está formado por quines lo recibieron con anterioridad.

El signo de la transmisión de los ministerios ordenados es desde la época de apostólica la imposición de manos junto con la oración (Hch 6,6; 13,3; 1 Tim 4,14)

Lo mismo que en el Bautismo y la Confirmación, la participación en el ministerio de Jesucristo se otorga de una vez para siempre. Por este motivo, el sacramento del Orden imprime un carácter imborrable y no puede repetirse. (LG 21)

Cristo que fue enviado por el Padre para la redención del mundo (Mt 20,26) y para ello le dotó de todo poder en el cielo y en la tierra (Mt 28,18), llama a los apóstoles y les participa su misión “Así como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes” (Jn 20,21). A ellos les toca ser “servidores de Cristo y encargados suyos para administrar las obras misteriosas de Dios (1 Cor 4,1). Su misión es:

Predicar el Evangelio (Hch 6, 2-4; Rom 15,16)

Dirigir el culto de la comunidad cristiana (Hch 6.4; 13, 1-3)

Ofrecer el sacrificio (Lc 22,19; 1 Cor 11,25)

Perdonar los pecados ( Mt 18,18; Jn 20,22ss)

Comunicar el Espíritu por la imposición de manos ( Hch 8, 15-18; 19,6)

Ungir a los enfermos orando por ellos ( Stg. 5,14).

Grados del sacerdocio

Desde los orígenes, el ministerio ordenado fue conferido y ejercido en tres grados, insustituibles para la estructura orgánica de la Iglesia, sin ellos no se puede hablar de Iglesia:

Los Obispos. Son los transmisores de la semilla apostólica. Tienen la plenitud del sacramento del Orden, están incorporados al Colegio Episcopal. En cuanto sucesores de los apóstoles y miembros el Colegio Episcopal, participan en la responsabilidad apostólica y en la misión de toda la Iglesia, enseñan y gobiernan bajo la autoridad del Papa, sucesor de San Pedro y cabeza visible de la Iglesia.

Los Presbíteros. Están unidos a los obispos en la dignidad sacerdotal y al mismo tiempo dependen de ellos en el ejercicio de sus funciones pastorales. Son llamados a ser cooperadores diligentes de los obispos, forman en torno a su obispo el Presbiterio que asume con él la responsabilidad de la Iglesia particular. Reciben del obispo el cuidado de una comunidad parroquial o de una función eclesial determinada.

Los Diáconos. Son ministros ordenados para las tareas de servicio de la Iglesia, no reciben el sacerdocio ministerial, pero la ordenación les confiere funciones importantes en el ministerio de la Palabra, del culto divino, del gobierno pastoral y del servicio de la caridad, tareas que deben cumplir bajo la autoridad pastoral de su obispo.

La celebración del sacramento del orden

Solamente los obispos válidamente ordenados pueden administrar el sacramento del Orden y sólo el varón bautizado lo puede recibir válidamente.

En la celebración de este sacramento podemos encontrar tres partes:

La preparación: Que está integrada por la llamada a los candidatos, presentación al Obispo, elección y alocución del Obispo, un pequeño diálogo y las letanías de los Santos.

La Imposición de manos y oración consacratoria: Que es el momento central del sacramento.

El gesto de la imposición de manos: conlleva en toda la tradición bíblica (Núm 27, 15-23; Dt 34,9; 1 Tim 4,14; 2 Tim 2,6) la idea de la transmisión de un oficio.

En la consagración episcopal, son todos los obispos presentes (al menos tres) quienes impondrán las manos al candidato; acto seguido se pondrá sobre su cabeza el libro abierto de los evangelios.

En la ordenación presbiteral, los presbíteros presentes imponen las manos como gesto de acogida al nuevo ordenado, pero es la imposición de manos del Obispo el signo que hace efectiva la ordenación.

Para terminar el rito, se han ido introduciendo a lo largo de la historia diferentes acciones explicativas del ministerio que va a ejercerse:

Al Obispo se le otorgan el báculo y se le impone un anillo episcopal, también recibe el libro de los evangelios y se sienta en la cátedra, ungiéndosele la cabeza.

Los presbíteros reciben la patena y el cáliz, se les ungen las manos y se les coloca la estola y la casulla.

A los diáconos se les entrega el libro de los evangelios, imponiéndoles la estola cruzada por el pecho y la dalmática.