CREO EN EL ESPÍRITU SANTO

 

"Creo en el Espíritu Santo, Señor y Dador de Vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas".

Esta Profesión de Fe formulada por la Iglesia, nos remite a las fuentes bíblicas, donde la verdad sobre el Espíritu Santo se presenta en el contexto de la revelación de Dios Uno y Trino, está basada en la Sagrada Escritura, especialmente en el Nuevo Testamento, aunque, en cierta medida, hay preanuncios de ella en el Antiguo Testamento.

 

 

Introducción

El nombre y los apelativos del Espíritu Santo

Los símbolos del Espíritu Santo

En la historia de la Salvación, las promesas del Espíritu Santo

En la encarnación y la misión de Jesús

Pentecostés

El Espíritu Santo y la vida cristiana

Los dones del Espíritu Santo

   
Introducción

La primera fuente a la que podemos dirigirnos es un texto del Evangelio de San Juan contenido en el "discurso de despedida" de Cristo el día antes de la Pasión y Muerte en cruz. Jesús habla de la venida del Espíritu Santo en conexión con la propia "partida", anunciando su venida (o descenso) sobre los Apóstoles:

"Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy os lo enviaré" (Jn 16,7).

El contenido de este texto puede parecer paradójico, Jesús, que tiene que subrayar: "Pero yo os digo la verdad", presenta la propia partida (y por lo tanto la Pasión y Muerte en cruz) como un bien: "Os conviene que yo me vaya...". Pero enseguida explica en qué consiste el valor de su muerte: Por ser una muerte redentora, constituye la condición para que se cumpla el plan salvífico de Dios que tendrá su coronación en la Venida del Espíritu Santo. La venida del Espíritu y todo lo que de ella se derivará en el mundo serán fruto de la Redención de Cristo.

La venida del Espíritu Santo sucede después de la Asención al cielo. La Pasión y Muerte Redentora de Cristo producen entonces su pleno fruto. Jesucristo, Hijo del hombre, en el culmen de su misión mesiánica, "recibe" del Padre el Espíritu Santo en la plenitud en que este Espíritu debe ser "dado" a los Apóstoles y la Iglesia, para todos los tiempos, Jesús dijo: "Yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12,32). Es una clara indicación de la universalidad de la Redención, pero esta debe realizarse mediante el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo presentado por Jesús especialmente en el discurso de despedida del Cenáculo, es evidentemente una Persona diversa de El:

  • "Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito" (Jn 14,16).
  • "Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, El os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho" (Jn 14,26)
  • "El convencerá al mundo en lo referente al pecado" (Jn 16,8).
  • "Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa" (Jn 16,13)
  • "El me dará gloria" (Jn 16,14)

De estos textos emerge la verdad del Espíritu Santo como Persona, y no sólo como una potencia impersonal emanada de Cristo. Siendo una Persona, le pertenece un obrar propio, de carácter personal. En efecto, Jesús, hablando del Espíritu Santo, dice a los Apóstoles: "Vosotros le conocéis, porque mora con vosotros y en vosotros está" (Jn 15,26).

Coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo de la historia hasta su consumación, pero es en los últimos tiempos, inaugurados con la Encarnación, cuando el Espíritu se revela y nos es dado, cuando es reconocido y acogido como persona

El nombre y los apelativos del Espíritu Santo

El Espíritu Santo es el nombre propio de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, a quién también adoramos y glorificamos, junto con el Padre y el Hijo. En la Sagrada Escritura encontramos otros apelativos:

Paráclito:

Palabra del griego "Parakletos", que literalmente significa aquel que es invocado, es por tanto el abogado, el mediador, el defensor, el consolador. Jesús nos presenta el Espíritu Santo diciendo: "El Padre os dará otro Paráclito" (Jn 14,16). Con estas palabras se pone de relieve que el propio Cristo es el primer Paráclito y que la acción del Espíritu Santo será semejante a la que Él ha realizado, constituyendo su prolongación.
El abogado defensor es aquel que, poniéndose de parte de los que son culpables debido a sus pecados, los defiende del castigo merecido, los salva del peligro de perder la vida y la salvación eterna. Esto es lo que ha realizado Cristo y el Espíritu Santo es llamado "otro paráclito" porque continua haciendo operante la redención con la que Cristo nos ha librado del pecado y de la muerte eterna.

El Espíritu de la Verdad

Jesús afirma de sí mismo: "Yo soy el Camino la Verdad y la Vida" (Jn 14,6). Y al prometer al Espíritu Santo en aquel discurso de despedida con sus apóstoles en la Ultima Cena, dice: "Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros siempre, el Espíritu de la verdad" (Jn 14, 16-17).
El Espíritu Santo es quien después de la partida de Cristo, mantendrá entre los discípulos la misma verdad que Él ha anunciado y revelado. El Paráclito, es la verdad, como lo es Cristo.

El Espíritu Santo - Espíritu de la Verdad, es aquel que, según la palabra de Cristo, "Convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio" (Jn 16,8). Es significativa la explicación que Jesús mismo hace de estas palabras: pecado, justicia y juicio.

"Pecado" significa, sobre todo, la falta de fe que Jesús encuentra en los suyos, es decir, los de su pueblo, los cuales llegaron incluso a condenarle a muerte en la cruz. .

Hablando después de la justicia, Jesús parece tener en mente aquella justicia definitiva que el Padre le hará ("...porque voy al Padre") en la Resurrección y en la Ascensión al cielo. En este contexto, "juicio" significa que el Espíritu de la verdad mostrará la culpa del "mundo" al rechazar a Cristo, o, mas generalmente al volver la espalda a Dios. Pero puesto que Cristo no ha venido al mundo para juzgarlo o condenarlo, sino para salvarlo, en realidad también aquel "convencer respecto al pecado" por parte del Espíritu de la verdad tiene que entenderse como intervención orientada a la salvación del mundo, al bien último de los hombres.

El "juicio" se refiere, sobre todo, al "príncipe de este mundo", es decir, a Satanás. Él en efecto, desde el principio, intenta llevar la obra de la creación contra la alianza y la unión del hombre con Dios: se opone conscientemente a la salvación. "Por esto ha sido ya juzgado" desde el principio.
Si el Espíritu Santo debe convencer al mundo precisamente de este "juicio", sin duda lo tiene que hacer para continuar la obra de Cristo que mira a la salvación universal.

Señor y dador de vida

El término hebreo utilizado por el Antiguo Testamento para designar al Espíritu Santo es "ruah", este término se utiliza también para hablar de "soplo", "aliento", "respiración". El soplo de Dios aparece en el Génesis, como la fuerza que hace vivir a las criaturas, como una realidad íntima de Dios, que obra en la intimidad el hombre.
Desde el Antiguo Testamento se puede vislumbrar la preparación a la revelación del misterio de la Santísima Trinidad: Dios Padre es principio de la Creación, que realiza por medio de su Verbo, su Hijo; Y mediante el Soplo de Vida, el Espíritu Santo.

La existencia de las criaturas depende de la acción del soplo -Espíritu de Dios, que no solo crea, sino que también conserva y renueva continuamente la faz de la tierra.
Es Señor y Dador de Vida porque será autor también de la resurrección de nuestros cuerpos: "Si el Espíritu de Aquel que Resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros" (Rm 8,11)

Santificador

Es Espíritu Santo es fuerza que santifica porque Él mismo es "Espíritu de Santidad" (Cfr. Is 63,10-11).
En el Bautismo se nos da el Espíritu Santo como don, con su presencia santificadora. Desde ese momento el corazón del bautizado se convierte en Templo del Espíritu Santo, y si Dios Santo habita en el hombre, éste queda consagrado y santificado.
Esta inhabitación del Espíritu santo, que santifica a todo hombre, alma y cuerpo, confiere una dignidad superior a la persona humana que adquiere una relación particular con Dios y da un nuevo valor a las relaciones interpersonales ( Cfr. 1 Cor 6,19)


Los símbolos del Espíritu Santo

Al Espíritu Santo se le representa de diferentes formas:

  • El Agua: El simbolismo del agua es significativo de la acción del Espíritu Santo en el Bautismo ya que el agua se convierte en el signo sacramental del nuevo nacimiento.
    El agua es símbolo de purificación como se lee en Ezequiel "Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas vuestras impurezas y de todas vuestras basuras os purificaré" (Ez 36,25).
    Pero será Jesús quien presente el agua como símbolo del Espíritu Santo cuando, un día de fiesta, exclame ante la muchedumbre: "Si alguno tiene sed, venga a mí y beba el que cree en mí, como dice la Escritura. De su seno correrán ríos de agua viva" (Jn 7, 37-39).
    Con estas palabras se explica también todo lo que Jesús dice a la Samaritana sobre el agua viva, sobre el agua que da Él mismo. Esta agua se convierte en el hombre en "Fuente de agua que brota para vida eterna" (Jn 4, 10-14)
  • La Unción: En su intervención en la sinagoga de Nazaret, Jesús se aplica a sí mismo el texto de Isaías que dice: "El Espíritu del Señor Yahvé, está sobre mí, por cuanto que me ha ungido Yahvé" (Is 61,1). Se refiere a la fuerza de naturaleza espiritual necesaria para cumplir la misión confiada por Dios a una persona a quien eligió.
    La participación en la unción de la humanidad de Cristo con el Espíritu Santo pasa a todos los que lo acogen en la fe y en el amor. Esa participación tiene lugar a nivel sacramental en las unciones con aceite, cuyo rito forma parte de la Iglesia, en el Bautismo, la confirmación, Unción de los Enfermos y el Orden Sacerdotal.
  • El Fuego: simboliza la energía transformadora de las actos del Espíritu
    Sabemos que Juan Bautista anunciaba en el Jordán; "El ( Cristo) os bautizará en Espíritu Santo y fuego" (Mt 3,11) el bautismo en Espíritu y fuego indica el poder purificador del fuego: De un fuego misterioso que expresa la exigencia de santidad y de pureza que trae el Espíritu de Dios.
    Jesús mismo decía: "He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!" (Lc 12,49).
  • La Nube y la Luz: símbolos inseparables en las manifestaciones del Espíritu Santo. Así desciende sobre la Virgen María para "cubrirla con su sombra". Así mismo se manifiesta En el Monte Tabor, en la Transfiguración. El día de la Ascensión, aparece una sombra y una nube.
  • El viento: símbolo central en Pentecostés, acontecimiento fundamental en la revelación del Espíritu Santo: "De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban los discípulos con María (Hch 2,2) .
    Jesús en la conversación con Nicodemo, cuando usa la imagen del viento para hablar de la persona del Espíritu Santo: "El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde vá. Así es todo el que nace del Espíritu" (Jn 3,8)
  • La Paloma: En el Bautismo de Jesús, el Espíritu Santo aparece en forma de paloma y se posa sobre Él. En el Antiguo Testamento, la paloma había sido mensajera de la reconciliación de Dios con la humanidad en los tiempos de Noé. En el Nuevo Testamento, esta reconciliación tiene lugar mediante el Bautismo
  • La Mano: mediante la imposición de manos, los Apóstoles y ahora los Obispos, transmiten el "Don del Espíritu"

En la historia de la Salvación, las promesas del Espíritu Santo

"Mirad yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre...permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto" (Lc 24,49). "Mientras estaba comiendo con ellos les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre (Hch 1,4).

Hablando de la "Promesa del Padre", Jesús señala la venida del Espíritu Santo ya anunciada de antemano en el Antiguo Testamento. Leemos en el libro del Profeta Joel:

"Sucederá después de esto que yo derramaré mi Espíritu en toda carne. Vuestros hijos y vuestras hijas profetizaran, vuestros ancianos soñaran sueños y vuestros jóvenes verán visiones" (Jl. 3, 1-2).

Precisamente a este texto del Profeta Joel hará referencia Pedro en el primer discurso de Pentecostés.

Estas promesas han encontrado una expresión concreta en el Profeta Ezequiel (Ez. 36, 22-28). Dios anuncia por medio del Profeta, la revelación de su propia santidad, profanada por los pecados del pueblo elegido, especialmente por la idolatría.
Anuncia también que de nuevo reunirá a Israel purificándolo de toda mancha. Y luego promete:
"Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra....infundiré mi espíritu en vosotros yo haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas...seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios. (Ez 36, 26-28)

En la encarnación y la misión de Jesús

Todo el "evento" de Jesucristo se explica mediante la acción del Espíritu Santo. La verdad sobre la tercera Persona de la Santísima Trinidad la leemos sobre todo en la vida del Mesías: de Aquel que fue "Consagrado con el Espíritu" (Cfr. Hch 10,38).

  • El primero de estos momentos es la misma Encarnación, es decir, la venida al mundo del Verbo de Dios, que en la concepción asumió la naturaleza humana y nació de María por obra del Espíritu Santo.
  • En el episodio de la Visitación: María se puso en camino "con prontitud" para dirigirse a la casa de Isabel, ciertamente, por una necesidad del corazón, para prestarle un servicio afectuoso, como de hermana. San Lucas nos pone de relieve la acción del Espíritu Santo en el encuentro de las dos futuras madres: María "Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo"
    (Lc 1,40-41). Isabel experimenta de modo sensible aquella presencia del Espíritu Santo. Ella misma lo atestigua en el saludo que dirige a la joven madre que llega a visitarla
  • En la Presentación de Jesús en el Templo: "He aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolidación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo" (Lc 2,25). Es decir, actuaba en él de modo habitual y "le había revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor" (Lc 2.26)
  • En el crecimiento espiritual del joven Jesús: "El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría ; y la gracia de Dios estaba sobre El" (Lc 2,40). En el lenguaje del evangelista el "estar sobre" una persona elegida por Dios para una misión suele atribuirse al Espíritu Santo, como en el caso de María y Simeón.
  • En el Bautismo de Jesús: Todos los evangelistas nos han transmitido el acontecimiento (Mt 3, 13-17; Mc 1, 9-11; Lc 3, 21-22; Jn 1, 29-34).
    "Se abrió el cielo y se oyó una voz que venía de los cielos: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco" .(Mc. 1,11)
    Así en el Bautismo de Jesús en el Jordán tiene lugar una teofanía cuyo carácter trinitario queda mucho más subrayado que en la narración de la anunciación. El "abrirse el cielo", significa, en aquel momento, una iniciativa de comunicación del Padre y del Espíritu Santo con la tierra para la inauguración religiosa de la misión mesiánica del Verbo Encarnado.
  • En la experiencia del desierto: "El Espíritu le empuja al desierto" (Mc 1,22). Por lo tanto Jesús sigue el impulso interior y se dirige a donde le sugiere el Espíritu Santo. Ese desierto, además de ser lugar de encuentro con Dios, es también lugar de tentación y de lucha espiritual. Jesús por tanto, es conducido al desierto con el fin de afrontar las tentaciones de Satanás. Las Tentaciones sufridas y vencidas por Jesús, se nota la oposición de Satanás contra la llegada del reino de Dios al mundo humano. Pero Jesús lo refuta apoyándose en la misma palabra de Dios, aplicada correctamente.
  • En la Oración : Jesús permanece profundamente entregado a la oración. San Lucas nos informa que se retiraba a los lugares solitarios donde oraba. Sus ratos de oración duraban a veces toda la noche. Los evangelistas destacan algunos de estos ratos, por ejemplo: la oración que hizo antes de la transfiguración en el monte Tabor, la que realizó durante la agonía de Getsemaní, etc.
    Existe un caso en el que el evangelista atribuye explícitamente al Espíritu Santo la oración de Jesús. "Y Jesús, después de haberles asegurado que había visto a Satanás caer del cielo como un rayo" (Lc 10,18), se llenó de gozo del Espíritu Santo y dijo: "Yo te bendigo Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí Padre, pues tal ha sido tu beneplácito" (Lc 10,21)
  • En la predicación mesiánica de Jesús: En la Sinagoga de Nazaret, Jesús había aplicado a sí mismo la profecía de Isaías que comienza con las palabras "El Espíritu del Señor está sobre mí" (Lc 4,18). Aquel "estar el Espíritu sobre El" se extendía a todo lo que Él hacía y enseñaba (Hch 1,1). En efecto escribe San Lucas: que "Jesús volvió (del desierto) a Galilea por la fuerza del Espíritu, y su fama se extendió por toda la región. El iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos" (Lc 4, 14-15). Aquella enseñanza despertaba interés y asombro "Todos daban testimonio de El y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca" (Lc 4,22). Lo mismo nos dice de los milagros y del singular poder de atracción de su personalidad: toda la multitud de los que "habían venido (de todas partes) para oírle y ser curados de sus enfermedades....procuraba tocarle porque salía de El una fuerza que sanaba a todos" (Lc 6, 17-19).
    Los Evangelios sinópticos recogen otra afirmación de Jesús, en sus instrucciones a los discípulos, que no puede dejar de impresionarnos. Se refiere a la "blasfemia contra el Espíritu Santo" Dice: "A todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará (Lc 12,10; Mt 12,32; Mc 3,29). La blasfemia a la que se refiere es en el rechazo de aceptar la salvación que Dios ofrece al hombre por medio del Espíritu Santo, que actúa en virtud del sacrificio de la cruz.
  • En el sacrificio de Jesucristo: Fijemos la atención en las últimas palabras que pronunció Jesús en su agonía en el Calvario. En el texto de Lucas se escribe: "Padre, en tus manos pongo mi Espíritu" (Lc 23,46). Jesús encomienda (es decir, entrega) su espíritu al Padre con la perspectiva de la Resurrección. Confía al Padre la plenitud de su humanidad.
    En el Evangelio de Juan leemos "Cuando tomó Jesús vinagre, dijo: "Todo está cumplido". E inclinando la cabeza entregó el Espíritu" (Jn 19,30).
    Es, pues, justo ver en el sacrificio de la cruz, el momento conclusivo de la revelación del Espíritu Santo en la vida de Cristo.
  • En la Resurrección de Cristo: En la Carta a los Romanos(1,3-4) el Apóstol Pablo escribe: "El Evangelio... acerca de su Hijo, nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos. Jesucristo Señor nuestro" . Por consiguiente podemos decir que Cristo, que en el momento de su concepción en el seno de María por obra del Espíritu Santo ya era Hijo de Dios, en la Resurrección es "constituido fuente de vida y de santidad, lleno de poder de santificación, por obra del mismo Espíritu Santo".

EL ESPÍRITU SANTO EN LA IGLESIA

Pentecostés

El día de Pentecostés, la Iglesia, surgida de la muerte redentora de Cristo, se manifiesta al mundo, por obra del Espíritu Santo. Se hizo patente cuando vino el Espíritu Santo y los Apóstoles comenzaron a "dar testimonio" del misterio pascual de Cristo.
En efecto, Él no se limitó a atraer oyentes y discípulos mediante la palabra del Evangelio y los "signos" que obraba, sino que también anunció claramente su voluntad de "edificar la Iglesia" sobre los Apóstoles, y en particular sobre Pedro (Cfr. Mt 16,18).

La misión de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Asocia a los fieles en una comunión en Cristo con el Padre en el Espíritu Santo. Por medio de los sacramentos de la Iglesia, Cristo comunica su Espíritu Santo a los miembros de su Cuerpo, para producir frutos en la vida nueva, en Cristo, según el Espíritu.

"El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Nosotros no sabemos pedir como nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros" (Cfr. Rm. 8,26).

La Iglesia es capacitada por el Espíritu para realizar en la Liturgia las "obras de Cristo" (Cfr. Jn 1412), a través de la Liturgia, principalmente de los sacramentos, Cristo continúa realizando en la historia, por medio del Espíritu su obra de redención y santificación de todo el género humano. Por esto, la Liturgia de la Iglesia, el "nuevo culto en el Espíritu y la verdad", es a la vez, obra de Cristo y acción de la Iglesia.

El Espíritu Santo santifica a la Iglesia principalmente en los sacramentos, haciéndolos eficaces. Él es quien actúa en los sacramentos para hacer que comuniquen la gracia que cada uno de ellos significa. La Iglesia afirma que para los creyentes, los Sacramentos son necesarios para la salvación, que en cada uno de ellos otorga el Espíritu Santo, esto nos transforma y nos configura con Jesucristo.


El Espíritu Santo y la vida cristiana

A partir del Bautismo, El Espíritu Divino habita en el cristiano como en su templo. El apóstol Pablo en su primera carta a los Corintios (3, 16) pregunta
"¿No sabéis que... el Espíritu de Dios habita en vosotros?"

Ciertamente, la acción del Espíritu Santo penetra en lo más íntimo del hombre, en el corazón de sus fieles, y allí derrama la luz y la gracia de vida.
"¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo que está en vosotros y habéis recibido de Dios?" ( 1Cor 6,19).

El cristiano, mediante la inhabitación del Espíritu Santo, llega a encontrarse en una relación particular con Dios que se extiende a todas las relaciones interpersonales, tanto en el ámbito familiar como en el social.
Cuando el Apóstol recomienda: "No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios" (Ef 4,30), se basa en esta verdad revelada: La presencia personal de un Huésped interior, que puede ser entristecido a causa del pecado, ya que éste es siempre contrario al amor.
Gracias a la fuerza del Espíritu que habita en nosotros, el Padre y el Hijo vienen también a habitar en cada uno de nosotros.

El don del Espíritu Santo es el que:

  • Nos eleva y asimila a Dios en nuestro ser y en nuestro obrar
  • Nos hace partícipes de su conocimiento y de su amor
  • Hace que nos abramos a las personas divinas y que se queden en nosotros.

La vida del cristiano es una existencia espiritual, una vida animada y guiada por el Espíritu hacia la santidad o perfección de la caridad. El Espíritu Santo es el principio de acción y lucha contra lo que:

  • Intenta separarle de su condición de hijo
  • Le impida amar y servir a Dios en el orden nuevo del Espíritu (Cfr. Rm 7,6).

Gracias al Espíritu y guiados por Él, el cristiano tiene la fuerza necesaria para luchar contra todo lo que se opone al Espíritu.

Los cristianos creemos firmemente que el Espíritu Santo está y camina con nosotros, nos acompaña a lo largo de nuestro camino de santificación, obra y actúa en lo más íntimo de cada uno: es a lo que llamamos las gracias actuales. Por las que nuestra inteligencia, voluntad, impulsos, querer, etc. Están impregnados de su presencia y de su fuerza, y nos ayudan a actuar de acuerdo con lo que Él nos dice o inspira.

La vida cristiana es seguir a Cristo, es decir, es seguimiento: "Ven y sígueme" (Mt 19,21) que no va dirigido exclusivamente a aquellos a quienes quiere confiar una misión particular y especial, sino que es la condición de todo creyente, de todo discípulo suyo.
Seguir a Jesucristo es el fundamento esencial y original de la vida cristiana. El Papa Juan Pablo II nos lo explica claramente en una de sus encíclicas:

"No se trata aquí solamente de escuchar una enseñanza y de cumplir un mandamiento, sino de algo mucho más radical: adherirse a la persona misma de Jesús, compartir su vida y su destino, participar de su obediencia libre y amorosa a la voluntad del Padre" .
"Seguir a Cristo no es una invitación exterior, porque afecta al hombre en su interioridad más profunda. Ser discípulo de Jesús significa hacerse conforme a Él, que se hizo servidor de todos hasta el don de sí mismo en la cruz" (Fil 2, 5-8). Mediante la fe, Cristo habita en el corazón del creyente (Cfr. Ef 3,17), el discípulo se asemeja a su Señor y se configura con el; lo cual es fruto de gracia, de la presencia operante del Espíritu Santo en nosotros"

En definitiva: La vida según el Espíritu, cuyo fruto es la santificación ( Cfr. Rm 6,22; Gal 5,22), suscita y exige de todos y de cada uno de los bautizados el seguimiento y la imitación de Jesucristo, en la recepción de sus Bienaventuranzas, en el escuchar y meditar la Palabra de Dios, en la participación consciente y activa en la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia, en la oración individual, familiar y comunitaria, en el hambre y sed de justicia, en el llevar a la práctica el mandamiento del amor en todas las circunstancias de la vida y en el servicio a los hermanos, especialmente si se trata de los más pequeños, de los pobres y de los que sufren


Los dones del Espíritu Santo

Para que el cristiano pueda luchar, el Espíritu Santo le regala sus siete dones, que son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu, estos dones son:

  • Sabiduría: Nos da la capacidad especial para juzgar las cosas humanas según la medida de Dios. Iluminado por este don, el cristiano sabe ver interiormente las realidades de este mundo; nadie mejor que él es capaz de apreciar los valores auténticos de la creación, mirándolos con los mismos ojos de Dios.
  • Ciencia: El hombre iluminado por el don de la ciencia, conoce el verdadero valor de las criaturas en su relación con el Creador. Y no estima las criaturas más de lo que valen y no pone en ellas, sino en Dios, el fin de su propia vida.
  • Consejo: Este don actúa como un soplo nuevo en la conciencia, sugiriéndole lo que es lícito, lo que corresponde, lo que conviene más al alma. El cristiano ayudado con este don, penetra en el verdadero sentido de los valores evangélicos, en especial de los que manifiesta el sermón de la montaña.
  • Piedad: Mediante éste don, el Espíritu sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios y para con los hermanos. El don de la piedad orienta y alimenta la necesidad de recurrir a Dios para obtener gracia ayuda y perdón. Además extingue en el corazón aquellos focos de tensión y de división como son la amargura, la cólera, la impaciencia, y lo alimenta con sentimientos de comprensión, de tolerancia, de perdón.
  • Temor de Dios: Con este don, el Espíritu Santo infunde en el alma sobre todo el temor filial, que es el amor a Dios, el alma se preocupa entonces de no disgustar a Dios, amado como Padre, de no ofenderlo en nada, de permanecer y de crecer en la caridad.
  • Entendimiento: Mediante este don el Espíritu Santo, que "escruta las profundidades de Dios" ( 1 Cor 2,10), comunica al creyente una chispa de esa capacidad penetrante que le abre el corazón a la gozosa percepción del designio amoroso de Dios, al mismo tiempo hace también más límpida y penetrante la mirada sobre las cosas humanas. Gracias a ella se ven mejor los numerosos signos de Dios que están inscritos en la creación.
  • Fortaleza: El don de la fortaleza es un impulso sobrenatural, que da vigor al alma en las habituales condiciones de dificultad: en la lucha por permanecer coherentes con los propios principios, en el soportar ofensas y ataques injustos; en la perseverancia valiente, incluso entre incomprensiones y hostilidades, en el camino de la verdad y de la honradez. Es decir, tenemos que invocar del Espíritu Santo el don de la fortaleza para permanecer firmes y decididos en el camino del bien. Entonces podremos repetir con San Pablo: "Me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte" ( 2 Cor 12,10).

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