La Vida del
Cristiano (Parte 2/4)
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La Ley ó Los diez Mandamientos
El hombre, llamado
a la felicidad, pero herido por el pecado, necesita la salvación
de Dios. Esta salvación el hombre la recibe por medio de Cristo,
sin embargo tiene que esforzarse por merecerla, para eso, cuenta
con la ayuda de la ley que lo dirige y de la Gracia de Dios que
lo sostiene.
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Ley Natural
La ley natural está gravada en
el corazón del hombre, le permite reconocer mediante la razón lo
que son el bien y el mal, la verdad y la mentira. No es otra cosa
que la luz de la inteligencia puesta en el hombre por Dios, para
conocer lo que es preciso hacer y lo que es preciso evitar. Esta
ley es
-
Universal en sus preceptos,
expresa la dignidad de la persona y determina la base de sus
derechos y sus deberes fundamentales.
-
Inmutable, permanece a través
de las variaciones de la historia y subsiste aun con las diferencias
de los pueblos y las culturas.
-
Indispensable para la edificación de la comunidad
de los hombres y proporciona la base necesaria a la ley civil
que se adhiere a ella.
Los preceptos de la ley natural no son percibidos por todos
de manera clara e inmediata, por eso el hombre necesita de la
Gracia de Dios y de la Revelación para conocer claramente las
verdades religiosas y morales.
Ley
Moral
La Ley Moral es la ley revelada por Dios en las Escrituras: son
los Mandamientos de la Ley de Dios.
Es lo que debe regir el comportamiento de todo hombre creyente.
Se encuentran en el Antiguo Testamento y se comprende mejor en el
Nuevo Testamento. La Ley del Evangelio, "da cumplimento", purifica,
supera y lleva a la perfección la Ley antigua (Cf. Mt 5, 17-19).
Los Diez Mandamientos, lejos de ser una lista de prohibiciones que
nos incomoden, son un verdadero regalo de Dios. Pongamos un simple
ejemplo: el fabricante de un aparato debe incluir un instructivo
de uso a quien lo adquiere, de lo contrario el consumidor no sabrá
como hacerlo funcionar, por más maravilloso que el aparato sea.
Bueno, aunque sea muy burda la comparación, Dios es nuestro "fabricante",
es decir nuestro Creador, por tanto, sólo Él sabe como podemos "funcionar"
realmente, como podemos ser felices y conseguir nuestra realización
plena. Por eso, nos reveló su Ley, el "instructivo" con las disposiciones
claras de cómo debe ser nuestro comportamiento, si seguimos esa
Ley, estamos seguros de que vivimos como lo que somos: Hombres y
Mujeres, -con mayúscula- hechos a imagen y semejanza de Dios. Así
es que veamos en los Diez Mandamientos el inmenso Amor de Dios que
nos quiere ver felices caminando en esta vida por el sendero seguro
que nos lleve hacia Él.
Jesús en el Evangelio, se refiere de una forma muy clara a los Diez
Mandamientos:
"Se le acercó un joven y le dijo:
Maestro, ¿qué obras buenas debo hacer para conseguir la vida eterna?
Jesús contestó: ¿Por qué me preguntas sobre lo que es bueno? Uno
solo es el Bueno. Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos……
Amar al prójimo como a sí mismo".
(Mt. 19-16-21).
Ante
la pregunta del joven a Jesús, Él le responde primero invocando
la necesidad de reconocer a Dios como "el único Bueno", como el
Bien por excelencia y como la fuente de todo bien. Luego Jesús le
declara la necesidad de guardar los mandamientos. Ser Cristiano
-seguir a Jesús- implica cumplir los mandamientos, a los que Él
da la plenitud perfecta. El Decálogo debe ser interpretado a la
luz del doble y único mandamiento del amor, plenitud de la Ley.
(Cf Jn 13,34; 15,21)
Los
diez mandamientos
La
palabra Decálogo significa literalmente
"diez palabras", que Dios reveló a
su pueblo en la montaña santa. Se refiere a "Los Diez
Mandamientos de la Ley de Dios".
El Decálogo se comprende ante todo cuando se lee en el contexto
del Éxodo, que es el gran acontecimiento liberador de Dios en el
centro de la Antigua Alianza; indica las condiciones de una vida
liberada de la esclavitud del pecado. El Decálogo es un camino de
vida. Pertenece a la revelación que Dios hace de sí mismo y de su
gloria. El don de los mandamientos es regalo de Dios y de su santa
voluntad. Dando a conocer su voluntad, Dios se revela a su pueblo.
Los Diez Mandamientos enuncian las exigencias del amor de Dios y
del prójimo. Los tres primeros se refieren más al amor de Dios y
los otros siete, al amor al prójimo. Sin embargo, el Decálogo forma
un todo indisociable. Transgredir un mandamiento es quebrantar todos
los otros. No se puede honrar a otro sin bendecir a Dios su Creador.
No se podría adorar a Dios sin amar a todos los hombres, que son
sus criaturas. El Decálogo unifica la vida teologal y la vida
social del hombre.
Los Diez Mandamientos, por expresar los deberes fundamentales del
hombre hacia Dios y hacia su prójimo, revelan en su contenido primordial
obligaciones graves. Son básicamente inmutables y
su obligación vale siempre y en todas partes.
La Iglesia reconoce en el Decálogo una importancia y una significación
primordiales. En el siglo XV se tomó la costumbre de expresar los
preceptos del Decálogo en fórmulas rimadas y fáciles de memorizar.
Los Diez Mandamientos, como la Iglesia los enseña, son:
- Amarás
a Dios sobre todas las cosas
- No
Tomarás el nombre de Dios en vano
- Santificarás
las fiestas
- Honrarás
a tu padre y a tu madre
- No
matarás
- No
cometerás actos impuros
- No
robarás
- No
dirás falso testimonio ni mentirás.
- No
consentirás pensamientos ni deseos impuros
- No
codiciarás los bienes ajenos
Aunque
la mayoría de las fórmulas empleadas en la lista de los Diez Mandamientos,
están redactadas en forma de prohibiciones, aquí las traduciremos
a invitaciones positivas para actuar como Jesús quiere que actuemos,
sin dejar de mencionar la manera original para enumerar cada uno
de los Mandamientos.
1er
MANDAMIENTO: "AMARÁS A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS"
"Escucha,
Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor y tú amarás a Yahvé
tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas"
(Dt 6,4-5) "Amarás al Señor tu Dios
con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente" (Mt 22,37).
En
el Evangelio de San Mateo, Jesús resumió los deberes del hombre
para con Dios de manera muy clara, afirmando el primer mandato del
Decálogo.
Dios se da a conocer recordando su acción todopoderosa, bondadosa
y liberadora en la historia de aquel a quien se dirige: "Yo te saqué
del país de Egipto, de la casa de la servidumbre" (Ex 20,2) La primera
palabra contiene el primer mandamiento de la ley. La primera llamada
y la justa exigencia de Dios consisten en que el hombre lo acoja
y lo adore.
El primero de los preceptos abarca la Fe, la Esperanza
y la Caridad. Porque Dios es constante, inmutable, siempre
el mismo, fiel, perfectamente justo, el hombre debe necesariamente
aceptar sus palabras y tener en Él una fe y una confianza completas.
Él es todopoderoso, clemente, infinitamente inclinado a hacer el
bien. ¿Quién podría no poner en Él todas sus esperanzas? Y quién
podrá no amarlo contemplando todos los tesoros de bondad y de ternura
que ha derramado en nosotros? De ahí esa fórmula que Dios emplea
en la Sagrada Escritura tanto al comienzo como al final de sus preceptos:
"Yo soy el Señor"
La
Fe
La Fe es una
virtud teologal, el cristiano la recibe en el Bautismo. Consiste
en Creer en Dios, en lo que Él es: Amor infinito. En creerle
a Dios; a su Revelación; en abandonarse a sus proyectos
y a su voluntad.
La vida moral tiene su fuente en la fe en Dios que nos revela su
amor. S. Pablo habla de la "obediencia de la fe" como de la primera
obligación. Hace ver en el "desconocimiento de Dios" el principio
de la explicación de todas las desviaciones morales (cf. Rm 1, 5ss).
Nuestro deber para con Dios es creer en Él y dar testimonio de
Él.
El primer mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia
y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a
ella. Hay diversas maneras de pecar contra la fe:
-
La
duda voluntaria respecto a la fe descuida o rechaza tener por
verdadero lo que Dios ha revelado y la Iglesia propone creer.
-
La
duda involuntaria es la vacilación en creer, la dificultad de
superar las objeciones con respecto a la fe o la ansiedad suscitada
por la oscuridad de ésta. Si la duda se fomenta deliberadamente,
puede conducir a la ceguera del espíritu.
-
La
incredulidad es el menosprecio de la verdad revelada o el rechazo
voluntario a las verdades de fe. Se llama herejía la negación
de un dogma (verdad que ha de creerse); se llama apostasía al
rechazo total de la fe cristiana; cisma es el rechazo de la
sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión de los miembros
de la Iglesia.
La
Esperanza
La Esperanza es una virtud teologal que el cristiano
recibe en el Bautismo. Consiste en confiar en la bondad y providencia
de Dios, esperando recibir de Él lo necesario para nuestro bien
y salvación.
Cuando Dios se revela y llama al hombre, éste no puede responder
plenamente al amor divino por sus propias fuerzas. Debe esperar
que Dios le dé capacidad de devolverle el amor y de obrar conforme
a los mandamientos de la caridad. La esperanza es aguardar confiadamente
la bendición divina y la bienaventurada visión de Dios; es también
el temor de ofender el amor de Dios.
El primer mandamiento se refiere también a los pecados contra la
esperanza, que son:
-
La
desesperación, cuando el hombre deja de esperar de Dios
su salvación personal, el auxilio para llegar a ella o el perdón
de sus pecados. Se opone a la bondad de Dios, a su Justicia.
-
La presunción, es cuando el hombre presume de sus capacidades
(esperando salvarse sin la ayuda de lo alto), o cuando el hombre
presume de la omnipotencia o la misericordia divinas (esperando
obtener su perdón sin conversión y la gloria sin mérito.
La
Caridad
La
caridad es la mayor de las tres virtudes teologales (Cf. 1Cor 13);
el cristiano la recibe en el Bautismo. Es el Amor, a Dios y al
prójimo.
La fe en el amor de Dios encierra la llamada y la obligación de
responder a la caridad divina mediante un amor sincero. El primer
mandamiento nos ordena amar a Dios sobre todas las cosas y a las
criaturas por Él y a causa de Él.
Se puede pecar de diversas maneras contra el amor de Dios:
-
La
indiferencia descuida o rechaza la consideración del
amor divino; desprecia su acción y niega su fuerza.
-
La
ingratitud omite o se niega a reconocer el amor divino
y devolverle amor por amor.
-
La
tibieza es una vacilación o negligencia en responder
al amor divino.
-
La
acedía o pereza espiritual llega a rechazar el
gozo que viene de Dios y a sentir apatía por el bien divino.
-
El
odio a Dios tiene su origen en el orgullo, se
opone al amor de Dios, cuya bondad niega y lo maldice, porque
condena el pecado e inflige penas.
Religión
y devoción
La adoración es el primer acto de la virtud de la religión.
Adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador y Salvador,
Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y misericordioso.
La adoración del Dios único libera al hombre del repliegue sobre
sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo.
Los actos de fe, esperanza y caridad que ordena el primer mandamiento
se realizan en la oración. La elevación del espíritu hacia
Dios es una expresión de nuestra adoración a Dios.
Es justo ofrecer a Dios sacrificios en señal de adoración
y de gratitud, de súplica y de comunión. El sacrificio exterior,
para ser auténtico, debe ser expresión del sacrificio espiritual.
El voto es una promesa deliberada y libre hecha a Dios acerca
de un bien posible y mejor, es un acto de devoción en el que el
cristiano se consagra a Dios o le promete una obra buena. La fidelidad
a las promesas hechas a Dios es una manifestación de respeto a la
Majestad divina y de amor hacia el Dios fiel.
Pecados
contra el primer mandamiento
El primer mandamiento
prohibe honrar a dioses distintos del Único Señor que se ha revelado
a su pueblo. Son pecados contra este mandamiento:
-
La superstición que es la desviación del sentimiento
religioso y de las prácticas que impone. Hay superstición cuando
se pretende utilizar y poner de parte de uno los poderes divinos.
Ejemplo de una práctica de superstición: creer en la "buena
o mala suerte" y buscar controlarla con objetos, piedras, imágenes,
hierbas, perfumes, etc.
-
La
idolatría, es una tentación constante de la fe. Consiste
en divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde el momento
en que el hombre honra y reverencia a una criatura, a una situación,
o a una materia en lugar de Dios.
-
Magia
o hechicería, es una perversión de la religión, al tratar
de hacer reaccionar las fuerzas divinas por medio de determinados
actos. También la llamada "magia blanca", es un pecado contra
el primer mandamiento.
-
La
adivinación es una práctica radicalmente contraria a
la actitud de confianza que debe distinguir a un cristiano,
buscando conocer y manipular el futuro. Todas las formas de
adivinación deben rechazarse: el espiritismo, la consulta a
horóscopos, cartas, médium, etc.
-
La
irreligión, cuyos principales pecados son: tentar
a Dios, poniendo a prueba de palabra o de obra, su bondad
y omnipotencia; el sacrilegio, profanar o tratar indignamente
los sacramentos y acciones litúrgicas, las personas, cosas y
lugares consagrados a Dios; la simonía, es la compra o venta
de cosas espirituales.
-
El
ateísmo, es rechazar o negar la existencia de Dios.
2°
MANDAMIENTO: "TRATA CON TODO RESPETO EL NOMBRE DE DIOS" (No Tomarás
el Nombre de Dios en Vano)
El segundo mandamiento prescribe respetar
el nombre del Señor. Pertenece, como el primero, a la virtud de
la religión. Regula particularmente el uso de nuestra palabra en
las cosas santas. El nombre de Dios es santo, por eso el hombre
no puede hacer mal uso de él; ha de emplearlo para bendecirlo, alabarlo
y glorificarlo. Este Mandamiento se refiere a tener sentido de lo
sagrado.
Pecados
contra el segundo mandamiento
El
Segundo Mandamiento habla del respeto hacia el Nombre de Dios y
hacia todo lo sagrado, por lo que prohibe:
-
Abusar
del nombre de Dios, es decir, dar uso inconveniente a su
nombre (de las Tres Personas Divinas), al de la Virgen María
y de todos los santos.
-
Las
promesas hechas a otro en nombre de Dios comprometen
el honor, la fidelidad, la veracidad y la autoridad divinas.
-
La
blasfemia, consiste en proferir contra Dios -interior
o exteriormente- palabras de odio, de reproche, de desafío;
en injuriar a Dios, faltarle a respeto en las expresiones. Esa
prohibición se extiende a las palabras contra la Iglesia de
Cristo, los santos y las cosas sagradas. Es también blasfemo
usar el nombre de Dios para justificar prácticas criminales,
reducir pueblos a servidumbre, torturar o dar muerte.
-
Jurar
en falso y perjuro, es invocar a Dios como testigo de una
mentira o de una promesa que no se tiene intención de cumplir.
3er
MANDAMIENTO: "SANTIFICARÁS LAS FIESTAS"
En el Antiguo Testamento, el tercer mandamiento
proclama la santidad del sábado: "el día séptimo será día
de descanso completo, consagrado al Señor" (Ex
31,15). La escritura hace a este propósito memoria
de la creación; ve también en el día del Señor un memorial de la
liberación de Israel de la esclavitud de Egipto. Dios confió a Israel
el sábado para que lo guardara como signo de la alianza inquebrantable.
El sábado interrumpe los trabajos cotidianos y concede un respiro.
Es un día de protesta contra las servidumbres del trabajo y el culto
al dinero.
Jesús nunca falta a la santidad de este día, (cf. Mc.1,21; Jn 9,16),
sino que con autoridad da la interpretación auténtica de esta ley:
"El sábado ha sido instituido para el
hombre y no el hombre para el sábado" (Mc 2,27).
Jesús resucitó de entre los muertos "el primer día de la semana".
En cuanto es el "octavo día", que sigue al sábado, significa la
nueva creación inaugurada con la resurrección de Cristo. Para los
cristianos vino a ser el primero de todos los días, la primera de
todas las fiestas, el día del Señor. El sábado que representa la
coronación de la primera creación es sustituido por el domingo que
recuerda la nueva creación. (Ver: Año
Litúrgico - Domingo, Día del Señor)
El culto de la ley preparaba el misterio de Cristo, y lo que se
practicaba en ella prefiguraba algún rasgo relativo a Cristo. La
celebración del domingo cumple la prescripción moral, celebrando
cada semana al Creador y Redentor.
La celebración dominical tiene un papel principalísimo en la vida
de la Iglesia, esta práctica se remonta a sus primeros años (cf.
Hch 2,42-46; 1 Col 11,17)
La Eucaristía (Misa) del domingo fundamenta y confirma toda la práctica
cristiana. Por eso los fieles están obligados a participar de la
Misa todos los domingos y días de precepto, a no ser que tengan
una razón seria (enfermedad, cuidado de niños pequeños, etc) o que
estén dispensados por su propio pastor.
* Los que deliberadamente faltan a esta
obligación cometen un pecado grave *
Los cristianos deben santificar también el domingo dedicando a su
familia el tiempo y las atenciones que no se les pueden dar los
otros días de la semana. El domingo y las demás fiestas de precepto
los fieles deben abstenerse de aquellos trabajos que impidan dar
culto a Dios, gozar de la alegría propia del día del Señor o disfrutar
del debido descanso de la mente y del cuerpo. Todo cristiano debe
evitar imponer a otro, sin necesidad, impedimento para guardar el
día del Señor.
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