La Divina Providencia

 

 

Termina y empieza el año con Cristo.En muchos lugares de promueve la devoción a la Divina Providencia, invitando a los fieles a confiarse a Dios Providente mediante una oración ofrecida el día primero de cada mes, y de manera especial, el día primero del año.
Se invita a hacer la oración a la luz de una vela que nos recuerde la luz de Cristo y nuestra fe en Él recibida en el Bautismo; que nos recuerde también nuestro compromiso de ser "luz del mundo", dando testimonio de nuestro cristianismo ante los demás.
Sin embargo, debemos recordar que no se trata con esto de asegurar el bienestar y la prosperidad, aunque en la oración le pedimos al Señor que no nos falte salud, casa y trabajo. Pensar que rezando y prendiendo unas velas nos vamos a librar de problemas, sería una actitud supersticiosa total y absolutamente contraria a la actitud de fe y confianza que debe distinguir al cristiano.

 

 Las velas son solo signos que nos recuerdan algo importante, sin embargo, no son necesarias para dirigirnos a Dios, tampoco lo es recitar determinada oración; éstos son medios útiles para nuestros sentidos que nos ayudan a concentrarnos mejor y nos sugieren palabras que quizá no se nos ocurren.
Lo realmente necesario es orar con una actitud de confianza y abandono en Dios Padre Providente, que nos ama y nos protege siempre para que alcancemos la vida eterna.

Es lógico pedirle a Dios por las cosas materiales, pero no debemos olvidar que como dice el dicho popular "a Dios rogando y con el mazo dando". Dios es Providente, sí, pero ya ha provisto al hombre de lo necesario para que él mismo se procure las cosas materiales que requiere para vivir dignamente. Dios te dio tu inteligencia, tus capacidades, tus habilidades.
Seguramente, tus padres te proporcionaron lo necesario para crecer y aprender (alimento, cuidado, escuela), ahora te toca a ti mejorar esa gran obra que eres tú mismo, buscando superarte en todos los aspectos: espiritual, intelectual, social, material. La Divina Providencia sigue actuando a tu favor, para procurarte todo lo que necesitas para conseguir tu destino final.
Dios es Padre Amoroso y Providente que nunca se olvida de su obra máxima, nosotros los hombres. No te abandona nunca, te cuida y te protege de los peligros, pero respeta siempre tu libre voluntad, pues es uno de los dones más valiosos que te dio.

(La siguiente información es de la Catequesis sobre el Credo, del Papa Juan Pablo II, en su libro "Creo en Dios Padre")

¿Qué es la Divina Providencia? Decir: "Creo en Dios… Creador…." Es creer en la Divina Providencia.
Dios como Padre Omnipotente y Sabio está presente y actúa en el mundo, en la historia, en cada criatura y sobre todo en el hombre, que, guiado por Él debe llegar a la meta final: la vida eterna. A la importante pregunta: ¿Para qué fin nos ha creado Dios?, la Iglesia contesta con toda claridad: "Dios nos ha creado para conocerlo y amarlo en esta vida, y gozar de Él eternamente en la otra". Ante esta misteriosa verdad, el hombre tiene un doble y contrastante sentimiento: por una parte desea acoger y confiarse a este Dios Providente; y por otra, teme y duda, ofuscado por las cosas que vive y, sobre todo, ante el sufrimiento.
En ambos casos, demanda y busca la Providencia de Dios.
Son diversas las soluciones, extremistas y unilaterales, que el hombre propone para justificar y comprender la actuación de Dios en el mundo, hay quienes:

° piensan que el hombre tiene un destino ciego y caprichoso (fortuito);

° para afirmar a Dios, hablan del libre albedrío del hombre;

° para afirmar al hombre y su libertad, piensan que deben negar a Dios.

Surgen entonces otras preguntas: ¿Cómo se conjuga la acción omnipotente de Dios con nuestra libertad, y nuestra libertad con sus proyectos infalibles? ¿Cuál será nuestro destino futuro? ¿Cómo interpretar y reconocer su infinita sabiduría y bondad ante los males del mundo: ante el mal moral del pecado y el sufrimiento del inocente? ¿Qué sentido tiene esta historia nuestra, con el despliegue a través de los siglos, de acontecimientos de catástrofes terribles y de sublimes actos de grandeza y santidad?
La Iglesia -cada bautizado- guiada por el ejemplo de Cristo y por la fuerza del Espíritu Santo, puede y debe dar al mundo la gracia y el sentido de la Providencia de Dios, para salvar al hombre del peso aplastante del enigma y la fatalidad y confiarlo a un misterio de amor grande, inconmensurable, decisivo, como es Dios.
La Iglesia anuncia la Divina Providencia no por invención suya, sino porque Dios se ha manifestado así, al revelar la historia de su pueblo, su acción creadora y su intervención de salvación planeada desde la eternidad. La Divina Providencia es una verdad de fe afirmada en el Concilio Vaticano I (siglo XIX) para confirmar la enseñanza de la Tradición y contraponerse a los errores del materialismo (que niega a Dios) y del deísmo (que dice que Dios no se ocupa el mundo que ha creado).
La verdad sobre la existencia de Dios y sobre la Divina Providencia, es la fundamental y definitiva garantía del hombre y de su libertad en el cosmos. La fe en la Divina Providencia está íntimamente vinculada con la concepción básica de la existencia humana, es decir, con el sentido de la vida del hombre. Libera al hombre de pensamientos fatalistas.
El Concilio Vaticano II, dice al respecto: "El hombre… no existe efectivamente sino por el amor de Dios, que lo conserva. Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador" (Gaudium et spes, 19).

La Divina Providencia, ligada a la obra de la creación.    Dios, al crear, llamó de la nada a la existencia todo lo que ha comenzado a ser fuera de Él. Pero el acto creador no se agota aquí, lo que surgió de la nada, volvería a la nada si fuese dejado a sí mismo y no fuera conservado por el Creador en la existencia. La conservación es una creación continua, manifestación de la Providencia Divina. La Providencia significa la constante e ininterrumpida presencia de Dios como Creador en toda la creación: una presencia que continuamente crea y continuamente llega a las raíces más profundas de todo lo que existe.
Para actuar allí como causa primera del ser y del actuar. Dios expresa así su continua voluntad eterna de crear y de conservar lo que ha sido creado; continúa pronunciándose a favor del bien, la verdad y la belleza de todo lo que existe; a favor del ser contra la nada; de la vida contra la muerte; de la luz contra las tinieblas (cf. Jn 1, 4-5).
La Divina Providencia afirma la obra de la creación.
La Divina Providencia gobierna y cuida la creación:

· Gobierna con autoridad suprema, a Dios como Creador, todo le pertenece, todo depende de Él. Cada ser es más de Dios que de sí mismo, de forma radical y total.

· Cuida, la autoridad del Creador se manifiesta como solicitud del Padre. Autoridad llena de solicitud que ejecuta un plan eterno de sabiduría y amor sobre todo para guiar los caminos de la sociedad humana. Autoridad solícita llena de poder y al mismo tiempo bondad. (cf. Job 36. 37)

La Divina Providencia es suprema autoridad en el mundo, fuerza eficiente, Sabiduría trascendente es por quien el mundo no es un caos sino el cosmos.

 

 

 

"Busque primero el Reino de Dios. . .   Dios Creador está presente en el mundo como Providencia y simultáneamente el mundo creado posee la autonomía de la creación. El hombre, creado para someter y dominar la tierra (Gen 1,28), participa como sujeto racional y libre pero siempre como criatura, en el dominio del Creador sobre el mundo es, en cierta manera, providencia para sí mismo responsable ante Dios, ante las criaturas y ante los otros hombres.

Jesús en el Evangelio pone de relieve la verdad sobre la jerarquía de los valores presente desde el Génesis: "¿Quién de ustedes, por más que se preocupe, puede alargar su vida? Y ¿por qué preocuparse por la ropa? Miren cómo crecen las flores del campo, que no trabajan ni tejen. Y yo les aseguro que ni Salomón en el esplendor de su gloria se vistió como una de esas flores. Y si Dios viste así a las flores del campo, que hoy florecen y mañana se echan al fuego, ¿no hará mucho más por ustedes, hombres de poca fe? ¿Por qué pues tantas preocupaciones?: ¿Qué vamos a comer? O ¿qué vamos a beber?, o ¿con qué nos vestiremos? Los que no conocen a Dios se preocupan por esas cosas. Pero el Padre de ustedes sabe que necesitan todo eso. Por lo tanto, busquen primero el Reino y todo lo bueno que ése supone, y esas cosas vendrán por añadidura" (Mt 6, 27-33)

Aquí Jesús se refiere a la Providencia Divina que abraza con solicitud paterna a cada una de las criaturas, incluso a la más insignificantes, como la hierba del campo o los pájaros, por lo tanto ¡cuánto más al hombre!, quien tiene el primado sobre las cosas, en su naturaleza y en su espíritu, lo tiene sobre todo en el corazón de Dios. Por eso, Jesús proclama con insistencia que el hombre, tan privilegiado por su Creador, tiene el deber de cooperar con el don recibido de la Providencia.
No puede contentarse sólo con los valores del sentido, de la materia y de la utilidad.
Debe buscar sobre todo "el Reino de Dios y su justicia", porque "todo lo demás (es decir, los bienes terrenos) se le dará por añadidura"

 

 

La Divina Providencia y la libertad del hombre.   ¿Se puede comprender la presencia y actuación de Dios en todo junto con la libertad del Hombre? ¿Para qué la libertad? ¿Cómo comprender el pecado a la luz de la Divina Providencia?....
El plan de la Providencia es anterior a la obra de la creación es una Providencia trascendente e inmanente a todo, sobre todo a los hombres, dotados de inteligencia y libre voluntad gozan especialmente de la autonomía de los seres creados. La acción divina tiene una misteriosa e íntima relación ontológica (por su ser) con la autodecisión humana y con la libre voluntad. Esa libertad pertenece al dinamismo natural de la criatura racional; es una libertad auténtica, aunque herida y débil.
En el hombre, toda la creación debe acercarse a Dios, encontrando el camino de plenitud definitiva.

El hombre tiene como fin a Dios, y también es fin en sí mismo; tiende a autorealizarse (cf Eclo 17,13.16). El hombre escribe su propia historia acompañado por la Divina Providencia.
La Divina Providencia sigue el ritmo del hombre en la historia y se adapta a sus leyes de desarrollo. La autoridad de Dios respeta plenamente la libertad humana (expresión de la libertad divina), permitiendo incluso el pecado, consecuencia del mal uso de la libertad. (cf. Eclo 15, 14-20)
El pecado
, confirmado como hecho real desde el comienzo, es oposición radical a Dios, es aquello que Dios de modo decidido y absoluto no quiere. Para Dios y su Sabiduría trascendente, en la perspectiva de la finalidad de toda la creación, era más importante que en el mundo creado hubiera libertad, aun con el riesgo de su mal empleo, que privar de ella al mundo para excluir la raíz de la posibilidad del pecado. Dios Providente, permitió el pecado, pero, con amorosa solicitud de Padre ha previsto desde siempre el camino de la reparación, de la redención, de la justificación y de la salvación mediante el Amor.

La libertad se ordena al amor: sin libertad no puede haber amor.

 

¿Nace el hombre "predestinado"?   La pregunta sobre el propio destino está muy viva en el corazón del hombre. Es una pregunta grande, difícil, y sin embargo decisiva: ¿Qué será de mí mañana?.
Existe el riesgo de que respuestas equivocadas conduzcan a formas de fatalismo, de desesperación, o también de orgullosa y ciega seguridad: "Tonto, esta misma noche te van a pedir tu vida, ¿quién se quedará con lo que amontonaste?" (Lc 12,20)
Puede parecernos arbitrario afirmar que el hombre, desde antes de nacer, ya tiene un determinado destino, planeado de antemano por Dios.… pero, ¿a qué se refiere ese destino? No es en el sentido humano y material, es decir, no está cada uno destinado por ejemplo, a ser médico, secretaria, o abogado; a casarse o permanecer soltero; a ser rico o pobre; este "destino" se lo va labrando cada uno por sus propias decisiones y por diferentes circunstancias de la vida. La exhortación de Jesús "Busquen primero el Reino de Dios y su justicia.." orienta nuestro pensamiento acerca de la verdad del destino del hombre: su predestinación en Cristo.
Esta predestinación no se refiere a un "ciego destino"; en el lenguaje cristiano significa la elección eterna de Dios, paternal, inteligente y positiva, una elección de amor. Es el plan de la creación y de la redención. El hombre, aún antes de ser creado, está "elegido" por Dios para participar en la misma filiación de Cristo por adopción divina. (Cf. Ef 1, 4-5)

"Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Único, para que todo el que crea en él no se pierda, sino que tenga Vida Eterna" (Jn 3, 16)

"En Cristo, Dios nos eligió desde antes de la creación del mundo, para andar en el amor y estar en su presencia sin culpa ni mancha. Determinó desde la eternidad que nosotros fuéramos sus hijos adoptivos por medio de Cristo Jesús." (Ef 1, 4-5)

La predestinación precede a la creación del mundo, ya que ésta se realiza en la perspectiva de la predestinación del hombre, y ésta se opera no sólo en relación con la Creación del mundo y del hombre en el mundo, sino en relación con la Redención realizada por el Hijo, Jesucristo.
La Redención se convierte en expresión de la Providencia.
En realidad, la Divina Providencia "provee al hombre" de lo que necesita para cumplir ese plan eterno de salvación tiene, por tanto, una finalidad salvífica (Cf. 1Tim 2,4; Ap 1,8). Incluso, el mundo entero ha sido creado con miras a ese "Reino de Dios", para que se realice en el hombre y en su historia.

 

La presencia del mal y el dolor en el mundo.   El mal y el sufrimiento humano constituyen la principal dificultad para aceptar la verdad de la Providencia Divina, es difícil conciliar ambas realidades. El mal es en sí mismo de dos formas:

· Mal moral: comporta culpabilidad, depende de la libre voluntad del hombre, es de naturaleza espiritual.

· Mal físico: no siempre incluye la voluntad del hombre, aunque puede ser causado por él, puede ser producto de su ignorancia o descuido, incluso por dolo. Muchos males físicos suceden independientemente del hombre (enfermedades, desastres naturales)

De la experiencia del mal nace el sufrimiento, que en el hombre alcanza la dimensión propia de sus facultades espirituales, en él, el sufrimiento se interioriza y plantea grandes interrogantes.
El único método adecuado para responder es la Palabra de Dios. El libro de Job se dedica enteramente al tema del mal y del dolor, y son vistos como una prueba a veces tremenda para el justo, pero superada con la certeza, laboriosamente alcanzada, de que Dios es bueno. Se capta ahí la conciencia del límite y la caducidad de lo creado; el mal, pertenece a su propia estructura.
San Pablo va más allá: "Mientras nuestro hombre exterior se corrompe, nuestro hombre interior se renueva de día en día" (2 Cor 4, 16)

Dios no quiere el mal, sí lo permite. En cuanto al mal físico, no creó la muerte, sí la permite, con miras al bien global del cosmos. El mal moral es el pecado, Dios absolutamente no lo quiere, es radicalmente contrario a su voluntad, está permitido por la Divina Providencia porque Dios quiere que en el mundo haya libertad, es indispensable para la plenitud de la creación que responde al plan eterno de Dios.
La Divina Providencia no queriendo el mal, lo tolera, en vista de un bien mayor. Jesucristo, en el contexto del misterio pascual, ofrece la respuesta plena y completa a ese atormentador interrogante. Su poder se manifiesta en la debilidad y el anonadamiento de la pasión y muerte en cruz. En el plano eterno de Dios y en su acción providencial en la historia del hombre, todo mal, y de forma especial el mal moral es sometido al bien de la redención y de la salvación precisamente mediante la cruz y la resurrección de Cristo.
En Jesucristo, Dios saca bien del mal. Cristo confirma con su propia vida que Dios está al lado del hombre en el sufrimiento; lo toma sobre Sí y revela que ese sufrimiento posee un valor y un poder redentor y salvífico. La verdad de la Providencia adquiere así mediante el poder y la sabiduría de la cruz de Cristo, su sentido escatológico definitivo.
La respuesta definitiva a la pregunta sobre la presencia del mal y del sufrimiento en la existencia terrena del hombre la ofrece la Revelación divina en la perspectiva de la predestinación en Cristo.

 

La Divina Providencia y el hombre de hoy, a la luz del Vaticano II.  

"El mundo.... fundado y conservado por el amor Creador; mundo esclavizado bajo la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo crucificado y resucitado, roto el poder del demonio, para que se trasforme según el propósito divino y llegue a su consumación" (Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et spes, 2)

La descripción del Concilio resume toda la doctrina de la Providencia: entendida como plan eterno de Dios en la Creación, como realización de ese plan en la historia, como sentido salvífico y escatológico del universo y, especialmente, según la predestinación en Cristo.
El Concilio trata además de cómo se compaginan el "crecimiento" del reino de Dios y el desarrollo (evolución) del mundo. En el mundo visible el protagonista del desarrollo histórico y cultural es el hombre. La actividad humana individual y colectiva para lograr mejores condiciones de vida, responde a la voluntad de Dios.

El desarrollo del mundo hacia órdenes económicos y culturales que responden cada vez más a las exigencias integrales del hombre es una tarea que entra de lleno en la vocación del mismo hombre a dominar la tierra.
También los éxitos reales de la actual civilización entran en el ámbito de la providencia de la que el hombre participa por la actuación del designio de Dios sobre el mundo.
El rápido avance del mundo de hoy, suscita estupor y esperanza. Pero trae consigo también dificultades:

° Mientras el hombre amplía extraordinariamente su poder, no siempre consigue someterlo a su servicio.

° Quiere conocer con profundidad su intimidad espiritual, y con frecuencia se siente más incierto que nunca de sí mismo.

° Descubre las leyes de la vida social y duda sobre la orientación que a ésta debe dar.

La evolución rápida y realizada desordenadamente, trae consigo contradicciones y desequilibro en las condiciones socioeconómicas, en las costumbres, en la cultura, como también en el pensamiento y en la conciencia del hombre, en la familia, en las relaciones sociales, en las relaciones entre grupos, las comunidades y las naciones, con consiguientes desconfianzas y enemistades, conflictos y anarquías, de las que el mismo hombre es a la vez causa y víctima. (Cf. Gaudium et spes, 8-10)

Es preciso atender problemas concernientes al desarrollo del hombre de hoy, tanto en su dimensión de persona como de comunidad. Es preciso también revisar la mentalidad del hombre de hoy, que de forma totalmente injustificada, se atribuye sólo a él mismo el "dominio" del mundo, de forma absoluta y radical, al margen de la Divina Providencia.
Es una vana y peligrosa ilusión construir la propia vida y hacer del mundo el reino de la propia felicidad exclusivamente con las propias fuerzas. Es la gran tentación en la que ha caído el hombre moderno, olvidando que las leyes de la naturaleza condicionan también la civilización industrial y post-industrial (Cf. Gaudium et spes 26-27)

Es fácil ceder al deslumbramiento de una pretendida autosuficiencia, hasta olvidarse de Dios o ponerse en su lugar. Hoy esta pretensión llega a algunos ambientes en forma de manipulación biológica, genética, psicológica… que si no está regida por los criterios de la ley moral (y por consiguiente orientada al reino de Dios) puede convertirse en el predominio del hombre sobre el hombre, con consecuencias trágicamente funestas.

El progreso humano, altamente beneficioso, también encierra una gran tentación; pues los individuos y las colectividades, subvertida la jerarquía de los valores y mezclando el bien con el mal, no miran más que a lo suyo, olvidando lo ajeno; así el mundo no es ámbito de auténtica fraternidad. "La criatura sin el Creador se esfuma. Más aun, por el olvido de Dios, la propia criatura queda oscurecida" (Gaudium et spes 36)

La Divina Providencia viene al encuentro del hombre, también en el desarrollo del mundo de hoy, para asistirle y ayudarle. El Espíritu de Dios, que con admirable providencia guía el curso de los tiempos y renueva la faz de la tierra, no es ajeno a esta evolución. Superar el mal es al mismo tiempo querer el progreso moral del hombre, por el que su dignidad queda salvaguardada, y dar una respuesta a las exigencias esenciales de un mundo "más humano". En esta perspectiva, el Reino de Dios que se va desarrollando en la historia, encuentra en cierto modo su "materia" y los signos de su presencia eficaz.

Aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al Reino de Dios. Existe un profundo lazo y una elemental identidad entre los principales sectores de la historia y de la evolución del mundo y la historia de la salvación.
El plan de la salvación hunde sus raíces en las aspiraciones más reales y en las finalidades de los hombres y de la humanidad.
También la redención está continuamente dirigida hacia el hombre y hacia la humanidad en el mundo. Y la Iglesia se encuentra siempre con el mundo, así como la historia de la salvación transcurre en el cause de la historia del mundo.

"Las verdaderas conquistas del hombre y de la humanidad, auténticas victorias en la historia del mundo, son también el sustrato del Reino de Dios en la tierra" (Karol Wojtyla)

El reino de Dios está en el mundo y antes que nada en el hombre, que vive y trabaja en el mundo. El cristiano sabe que con su compromiso a favor del progreso de la historia y con la ayuda de la gracia de Dios coopera al crecimiento del Reino, hasta el cumplimiento histórico y escatológico del designio de la Divina Providencia.

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